Que exista este día significa que los Derechos Humanos se vulneran a diario en el mundo. Esa vulneración la sufren mujeres y hombres en el Norte y en el Sur. Pero la violencia contra las mujeres tiene ese rasgo distintivo, que asigna roles de género en función del sexo, por cuestiones culturales, sociales y políticas. Cuestiones enraizadas en unas sociedades más que en otras, que perpetúan la subordinación de lo femenino a lo masculino y la mayor vulnerabilidad de las mujeres. Agresiones físicas y psicológicas, basadas en perjuicios arraigados que limitan su autonomía, desarrollo y capacidad de trabajo además de vulnerar su derecho de acceso a la salud.
Más invisible en el Sur
Violaciones que se agravan en los casos de sociedades menos desarrolladas, poblaciones empobrecidas y alejadas. Allí resulta más complicado visibilizar esa violencia, ya que las mujeres no pueden ejercer sus derechos civiles. En ocasiones, incluso desconocen que los tienen, y por tanto, no acceden a la justicia. Ni a la salud.
Resulta imposible determinar el número de mujeres que padecen este sufrimiento. Porque en muchos casos es la vergüenza, en otros la interiorización de qué es lo que una merece, en otros la falta de independencia, o la sensación de dependencia, lo que impide denunciar, escapar. Porque son muchos los factores que influyen, y que no podemos juzgar.
En los países ricos, también autodenominados “desarrollados”, persiste esa lacra, que pone en cuestión no sólo el verdadero desarrollo humano, sino el propio crecimiento económico. Parece evidente que, si el respeto a los Derechos Humanos más básicos no se mantiene, tampoco cabe hablar de sociedades desarrolladas.
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