Para que cualquier tipo de adicción pueda ser definida como una enfermedad esta debe provocar o un malestar clinicamente significativo o algún tipo de repercusión en la vida social o laboral de un individuo. La red permite a los consumidores de pornografía infantil moverse con impunidad y sin ser descubiertos, por lo que la repercusión en su vida social o laboral ocurre cuando la adicción está demasiado avanzada.
   
 
   
 
Suelen ser personas normales que llevan una vida normal. Algunos incluso están casados y tienen hijos o son hijos modelo de familias modelo con buenas notas y vida normal.

Las familias nunca podrían imaginar la cruda realidad de su hijo o de su marido y en muchos casos son los primeros en negar una realidad evidente. Horas extras injustificadas en su lugar de trabajo o largas noches de estudio delante del ordenador suelen ser sus mejores tapaderas.
   
Cuando se conectan a la red nuestros amables y simpáticos Dr. Jeckyll se transforman en seres aberrantes como Mr. Hyde a la búsqueda de productos cada vez más al límite: menores, bebes con adultos, niños con animales, sadomasoquismo, mutilaciones e incluso en algunos casos la muerte.

 

La intimidad y el anonimato en la red les hacen sentirse protegidos. Poco a poco irán necesitando dosis más prolongadas y productos más al límite. En muchos casos contemplar imágenes o vídeos no serán suficientes y empezarán a sentir la necesidad de establecer contactos carnales. Normalmente utilizarán servicios de turismo sexual donde dispondrán de un catálogo completo de productos de niños y niñas a la carta que permiten elegir el sexo, la edad, el nivel de higiene, seguros antirrobo, malos tratos.
Cuanto más se haya pasado el límite más difícil será su tratamiento y la búsqueda de una salida.
 
     
  Todo empieza como un simple juego:
 
   

   
  Caer en una adicción como esta resulta mucho más fácil de lo que puede parecer. Las características de Internet hacen de este producto mucho más peligroso de lo que parece. El adicto no necesitará salir a la calle en busca de una revista o de un vídeo. Ni siquiera tendrá que descubrirse solicitando envíos postales a su domicilio. Ellos están solos, sin que nadie les vea, delante de su pantalla. La red les protege.
   
Además la tecnología existente permite a los adictos a la pornografía infantil que su parafilia no sea descubierta: sistemas de encriptación de información, cuentas de correo anónimas, borrado selectivo del historial de páginas visitadas. Su ordenador puede ser utilizado por cualquier otra persona (su mujer, su hijo, su padre) sin que nadie pueda encontrar el más mínimo rastro de pornografía infantil, sin despertar la más mínima sospecha.
   
  La triste historia de los adictos empieza navegando a través de páginas de contenido pornográfico; poco a poco las búsquedas empiezan a ser más selectivas hacia productos protagonizados con menores. En principio unas coletas o un uniforme de colegio resultan suficientes pero estas personas poco a poco van descubriendo que una mayor de edad disfrazada no es lo que buscan y saltan la barrera hacia productos que constituyen un delito donde menores de edad son explotadas, vejadas y maltratadas física y psíquicamente. Este no es un camino sin retorno y tiene salida.
   
Todos podemos tener a nuestro alrededor a gente enferma que necesite nuestra ayuda. Ayudemos a estas personas a acudir a servicios médicos especializados. Incluso en muchos casos puede existir una orden judicial que obligue a su atención médica cuando se sobrepasen barreras donde sólo se habrá podido actuar a nivel policial. Estas personas serán las primeras que nos lo agradecerán.
   
  No olvidemos que este gran negocio se mantiene en gran medida gracias a sus usuarios y su eliminación haría desaparecer el producto.