Generalmente son varios los factores que llevan a que un menor termine siendo víctima del comercio sexual. La pobreza, la desigualdad y los problemas relacionados con las deudas contraídas por los padres siguen siendo las principales causas, aunque no las únicas.
También hay situaciones en las que la víctima es engañada bajo falsas promesas de empleo o es secuestrada por mafias que se dedican al tráfico sexual infantil. En otras ocasiones, la única forma de vida que ha conocido el menor se basa en todo lo que rodea al mundo de la prostitución, ya que su familia vive del mercado del sexo, por lo que sigue su mismo camino, sin tener opción a elegir.
El cambio de valores y actitudes que se está imponiendo -la globalización y el consumismo- ha originado que haya niños que vendan su cuerpo a cambio de artículos de consumo como camisetas, zapatillas de deporte o aparatos electrónicos. La posesión, el tener, se ha convertido en uno de los valores más importantes. El sexo se ve como una forma de libertad, que permite acceder a todas esas comodidades materialistas.
Otras causas son la drogadicción -la prostitución como vía de pago-, la desmembración de la familia... una suma de factores que conducen al menor a las redes de la prostitución. A pesar del estigma y los peligros que conlleva, el trabajo sexual está mejor retribuido que la mayoría de los empleos asequibles para las mujeres jóvenes que, mayoritariamente, carecen de educación y formación.
Sin embargo, esta oferta de menores no tendría razón de ser si no existiera una creciente demanda por parte de un importante número de clientes. Si bien es cierto que gran parte de estos clientes son locales, el problema se ve incrementado por la cantidad de turistas sexuales que, aprovechando su superioridad económica, el anonimato y la impunidad que no encontrarían en sus países de origen, viajan al sudeste asiático y a América Latina con el propósito de mantener relaciones sexuales con menores.
En un intento de evitar que se produzca este tipo de abuso, se está promoviendo el uso de legislaciones de carácter extraterritorial, lo que permite a un gobierno procesar a sus ciudadanos por delitos contra la infancia cometidos en cualquier lugar fuera de su país de origen. Hasta la fecha, al menos 32 países -entre ellos España- han adoptado legislaciones extraterritoriales para combatir delitos contra a la infancia.
Sin embargo, resulta muy complicado probar que un ciudadano ha mantenido relaciones sexuales con menores durante unas supuestas vacaciones. Un obstáculo legal en el que continúan escudándose miles de depravados.
Los destinos de los turistas que explotan sexualmente a niños y niñas varían constantemente. Así, en caso de que un país decida combatir activamente esta atrocidad, los explotadores viajarán a otro más permisivo con sus pretensiones. Tailandia es un claro ejemplo de esta nueva tendencia. Los turistas que habitualmente viajaban a este país, ante la reciente aplicación de leyes que protegen a los menores, tienden ahora a desplazarse a la vecina Camboya, menos restrictiva en este aspecto.
El miedo al sida es otro de los factores que ha provocado un aumento de la explotación sexual infantil. Para evitar -en lo posible- el riesgo a contraer la temida enfermedad, cada vez se reclaman chicos y chicas más jóvenes y, a ser posible, vírgenes. Una idea equivocada, ya que los menores tienen mucho más riesgo de contagiarse que una persona adulta porque sus organismos son más vulnerables, tienen un menor acceso a la información sobre los riesgos, medios de prevención y consecuencias del sida, además de no tener capacidad para negociar prácticas sexuales menos peligrosas con los clientes.
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