La lepra es una enfermedad infecciosa causada por un bacilo, el Mycobacterium
Leprae, que afecta sobre todo a la piel y al sistema nervioso. Se
transmite principalmente por el aire y penetra en el organismo a través
del aparato respiratorio.
No es hereditaria ni se contagia con facilidad; tienen que darse
una serie de condiciones higiénicas y alimentarias deficientes
y un contacto estrecho y prolongado con los enfermos para que el
bacilo se transmita entre personas.
Al inicio, las personas afectadas por la lepra experimentan la
aparición de manchas o nódulos de color pálido
o rojizo y sequedad en diversas zonas de la piel y pierden sensibilidad
al calor, al tacto y al dolor. Si no es tratada a tiempo, puede
dañar músculos y huesos y provocar discapacidades
o incluso la amputación de diversos miembros.
La lepra no provoca la muerte, pero reduce las defensas inmunitarias
de los enfermos -ya de por sí más vulnerables por
las condiciones de pobreza en las que viven-, lo que facilita que
contraigan otras enfermedades que sí pueden ocasionar su
fallecimiento.
Desde 1982, la lepra tiene cura. La Organización Mundial
de la Salud (OMS) recomendó un tratamiento denominado Multi
Drug Therapy (MDT) o poliquimioterapia, que consiste en una combinación
de tres medicamentos (Rifampicín, Dapsone y Lamprene), capaz
de eliminar el bacilo del organismo de las personas enfermas. El
MDT logra curar el 80% de los casos y otro 10% más si se
aplica nuevamente a quienes no han respondido al primer tratamiento.
Sin embargo, la lepra aún afecta a millones de personas
en el mundo, perpetuada por la situación de pobreza y desigualdad
a la que está ligada la enfermedad y por la fuerte discriminación
social que provocan las deformidades.
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