La herida que cambió la vida de tres generaciones

A primera hora de la mañana, Maame Akuyo abre su puesto de venta de carbón en Odumase, una pequeña localidad de la Región Este de Ghana. Acomoda la mercancía y espera a los primeros clientes del día. La escena parece cotidiana. Sin embargo, hace unos años era impensable.

Durante más de una década, esta mujer de 81 años permaneció prácticamente inmovilizada por las consecuencias de una úlcera de Buruli avanzada. No podía caminar sola, bañarse, cocinar ni desplazarse hasta el mercado. Dependía de otras personas incluso para las tareas más básicas de la vida diaria.

Mucho antes de que la enfermedad se complicara, Maame Akuyo llevaba una vida activa e independiente. Trabajaba en la agricultura, comerciaba con ropa de segunda mano entre Accra y Asesewa y había dedicado buena parte de su vida a criar a los cinco hijos de una hermana fallecida.

Todo comenzó cuando se hizo una herida en la pierna mientras trabajaba en su granja. Al principio pareció algo menor.

Una vecina le recomendó aplicar queroseno para eliminar el supuesto «veneno» de la herida. Ella siguió el consejo. Días después, el cuadro había empeorado.

Cuando finalmente acudió al hospital, el daño era ya considerable. La intervención dejó una gran herida abierta que requería atención médica y curas constantes.

Durante un tiempo siguió acudiendo al hospital. Después dejó de hacerlo. La distancia y el coste del tratamiento acabaron alejándola del sistema sanitario. Regresó a casa convencida de que tendría que convivir con aquella situación. Pasaron trece años.

Durante ese tiempo, su negocio desapareció, los ahorros se agotaron y la mujer que durante décadas había cuidado de otros terminó dependiendo completamente de quienes la rodeaban.

El precio invisible de la enfermedad

Cuando la situación de Maame Akuyo empeoró, su nieto Akuteye asumió gran parte de los cuidados: barría la casa, iba a buscar agua, cocinaba.

«No quería que estuviera sola», recuerda.

Durante un trimestre, Akuteye dejó de asistir a la escuela para ayudar a su abuela.

La enfermedad había alterado por completo la dinámica familiar.

Su hija, Grace Narh, vivía en Tema y tenía que sostener económicamente a su familia. Para Grace, la enfermedad de su madre también tuvo un coste difícil de medir. Vivió dividida entre dos obligaciones igualmente importantes: atender a la mujer que la había criado y mantener a su propia familia.

Un diagnóstico después de trece años

La situación empezó a cambiar cuando un equipo de salud identificó el caso durante una actividad de búsqueda activa en la comunidad. Tras una evaluación inicial, Maame Akuyo fue derivada al Hospital Público de Asesewa.

Después de trece años las opciones eran limitadas. La única alternativa viable era la amputación de la pierna izquierda. La cirugía se realizó en el Hospital Regional de la Región Oriental. Después llegaron meses de rehabilitación, adaptación a una prótesis y entrenamiento para recuperar la movilidad.

A los 81 años, Maame Akuyo tuvo que aprender de nuevo a mantenerse en pie.

Lo que vino después fue un proceso largo. Pero poco a poco recuperó fuerza, equilibrio y confianza.

Una nueva realidad

Hoy, Maame Akuyo camina por sus propios medios hasta su puesto de venta de carbón. Atiende a los clientes, organiza las ventas y genera ingresos para mantenerse a sí misma y contribuir al cuidado de sus nietos.

Desde que su abuela recibió la prótesis, Akuteye no ha vuelto a faltar a clase. Sueña con convertirse en médico o enfermero. Dice que quiere ayudar a otras personas como ayudaron a su abuela. Y Grace ya no vive con la preocupación constante de quién cuida de su madre cuando ella no está.

En una casa donde durante años la enfermedad marcó el ritmo de cada día, tres generaciones han podido recuperar sus vidas.

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Elssie Ansareo
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